Sujeto

Sujeto

Y de repente allí estaba, sin saber muy bien ni cómo ni porqué me encontraba entre esas cuatro paredes, en lo que podría ser el mismísimo infierno a juzgar por el hedor y la oscuridad que allí reinaba; y lo único que lograba escuchar eran esos murmullos distantes que parecían sacados de alguna película de terror.

Al principio no fue nada fácil estar allí, pero con el paso de los días ya me estaba acostumbrando a aquel modo de habitar donde la rutina era bastante sencilla, estar todo el tiempo que ellos querían despierto esperando a las dos visitas diarias, la primera en la que traían esa masa viscosa gris a la que tenía que llamar comida y la segunda cuando tres guardias entraban en la celda y me aplicaban un correctivo, que si no había cometido ningún acto perverso solo consistía en tres latigazos.

Así fue pasando mucho tiempo hasta que al fín comprendí que no era la forma de habitar y decidí que no debía vivir más. Esa fue la única decisión que pude tomar en mucho tiempo y ya había ganado mi batalla, así que grabé mi nombre en la pared justo debajo de los otros y decidí terminar.

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